Gracias, don Antonio

30 mar 2017

Artículo de Elena Acosta Guerrero. Directora de la Casa de Colón

A sus 97 años, con ese aspecto frágil y enjuto propios de la edad y de las incontables batallas que ha ido librando contra la enfermedad, entraba cada mañana don Antonio de Bèthencourt en la Casa de Colón.

Su visita, pese a lo que podría imaginarse al ver a un señor mayor, con su inseparable muleta, acceder a nuestro Museo, nada tenía que ver con el ocio. Este entrañable anciano,  accedía cada mañana, lloviese o tronase, para conocer las novedades que aportaba cada día la gestión y edición de su querido Anuario de Estudios Atlánticos, revista que desde el año 2003 comenzara a codirigir de la mano de su amigo y admirado profesor Antonio Rumeu de Amas, a quien profesaba un sincero cariño.

Ese año 2003, don Antonio contrajo un compromiso con el Anuario de Estudios Atlánticos. Aquella colaboración circunstancial por la enfermedad del fundador de la Revista, se convirtió -tras su fallecimiento- en un compromiso con la investigación, con la cultura y con la Historia de estas islas y la del Mundo Atlántico, a las que también había dedicado su labor investigadora.

Un deber que, en estos catorce años de vigencia, se ha materializado en todo un proceso de modernización que ha colocado al Anuario de Estudios Atlánticos en el panorama internacional de las publicaciones científicas y la ha afianzado como una herramienta de consulta obligatoria de la investigación de Canarias en relación con el marco atlántico, estando presente en los principales repositorios nacionales e internacionales.

El Anuario es hoy la revista más importante de Canarias. Esto hubiera sido imposible sin el tesón, la voluntad, la pasión y la maestría de don Antonio. Pero, aparte de todo esto, si algo hay que reconocerle al profesor Bèthencourt es su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos, incluso cuando no fuera partidario de esas innovaciones. Pese a no compartir la decisión de dejar de publicar su querida Revista en papel -de manera física y palpable, como él estaba acostumbrado- don Antonio supo entender que elevar el Anuario al nivel que hoy ostenta, pasaba por aceptar esos pequeños “sacrificios” que no le hacían mucha gracia.

Sin embargo, pese a lo limitado, por no decir inexistente conocimiento del mundo tecnológico e informático, me sorprendía escucharle articulando todo un complejo proceso “de ordenadores” (como solía decir) para lograr la difusión de los artículos contenidos en su publicación y hacer que llegaran al máximo público posible, facilitándoles el acceso al texto. Esta curiosidad innata, que mostraba en todos los ámbitos, le llevaba a consultar, mediante llamada telefónica, a sus conocidos en la Universidad, en el Seminario Millares Carlos - de la UNED (que durante años dirigió)- e, incluso, a algún colaborador de la Revista que pudiese tener idea y aclarar sus dudas.

Ni siquiera en los últimos meses, cuando el cansancio era más que evidente en él, disminuyó su compromiso con su Revista. Pese a ello, asistía puntual y religiosamente a su cita con la gestión de su publicación. De nada valía que Mayte Ortega, su eficaz y paciente colaboradora para el Anuario, o yo, le dijéramos por teléfono que no había nada que hacer ese día, pues no había llegado nada nuevo. Insistía en personarse y provocar esas novedades ya que, “el Anuario tiene que continuar la estela de don Antonio Rumeu y no fallar nunca”.  El Anuario no ha fallado ni una sola vez y don Antonio de Bèthencourt ha cumplido con creces la tarea que asumiera hace más de una década. 

Para mí y para todo el equipo de la Casa de Colón ha sido un verdadero privilegio tener a don Antonio dirigiendo el Anuario de Estudios Atlánticos, participando día a día de sus conversaciones, de la pasión con la que desarrollaba su trabajo y sus incesantes enseñanzas que, sin duda, nos ha inspirado a todas y a todos. Echaremos de menos su maestría, su sentido del humor y, por qué no, sus enfados, protestas y rabietas que le hacían un entrañable cascarrabias. Gracias, don Antonio.

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Imágenes
Foto
Elena Acosta, Antonio de Bèthencourt y Francisco Morales