ANA VIÑA NOS DESCUBRE LA COMPLEJA SITUACIÓN DE LA MUJER EN LOS INICIOS DE LA COLONIZACIÓN, ACOSADA POR EL DELITO Y EL PECADO

21 oct 2010

El primer siglo de la colonización de Canarias coincide con una etapa de centralización del poder en la corona castellana, lo que suponía la imposición de la autoridad pública en la gestión y control de la vida privada y de las relaciones entre los individuos. La historiadora de la Universidad de La Laguna, Ana Viña, ha estudiado esta etapa para poner al descubierto algunos aspectos como el delito y el pecado y su relación con la mujer y su situación en la Canarias de los inicios de la colonización española.

La mentalidad vigente mediatizada por una rígida moral parece tener más peso en los conflictos y procesos estudiados por Viña que el propio acto trasgresor legal. La historiadora ha analizado los denominados delitos sexuales: adulterio, amancebamiento y bigamia, entre otros, que muchas veces eran considerados no sólo delitos sino pecados. También violaciones, raptos, injurias y malos tratos… toda una variedad de infracciones que, por otra parte, alentaría a los más pesimistas a afirmar que la historia parece no haber transformado el espíritu y la mentalidad del ser humano desde aquel remoto entonces.

“Las mujeres fueron en el siglo XVI las víctimas propicias para ser acusadas de la comisión de delitos, cuando en realidad son ellas las que sufrirían todo tipo de atropellos y abusos, o situaciones de violencia física y verbal”, señala Ana Viña, para quien “no se plantean diferencias entre delito y pecado a la hora de aplicar las penas vigentes en la legislación de la época ni en Canarias ni en el resto del territorio peninsular. ¿El adulterio es un pecado o es un delito?”, se pregunta Viña. “No. La justicia intenta preservar el honor y la honra, y muchos delitos se producen contra la moral. La estructuración de la sociedad canaria es muy rígida en el siglo XV y XVI, etapa que estudio. La iglesia tiene mucha influencia en el derecho medieval y algunas mujeres sin honra apenas tiene posibilidad o derecho a presentar causa. Algunas mujeres no podían presentar querella alguna aunque ellas fueran las afectadas porque la moral vigente consideraba que podía afectar al honor del marido”, explica Viña, quien lamenta que los documentos de que se tiene constancia hoy en los archivos hablen de la sentencia final de los procesos, pero no de su desarrollo”.

Este tipo de procesos afectaba por igual a todos los sustratos de la sociedad de la época, no a las clases privilegiadas, como pudiera pensarse, “si bien es cierto que de la lectura de algunas sentencias consultadas nos da la impresión de que sí existen diferencias en cuanto a la jerarquía”. La historiadora de la Universidad de La Laguna recuerda una singular sentencia que condena a un marido que asesina a su mujer embarazada movido por rumores de adulterio, que luego los familiares de la víctima exoneran de toda culpa  con una carta de perdón ya que necesitaban que los bienes del agresor no estuvieran secuestrados por la justicia.

“Era normal en la época la aparición de hijos ilegítimos, aunque el adulterio estuviera condenado. Se habilitan en procesos a hijos frutos de matrimonios con mujeres solteras como algo habitual”, señala. La legislación general del reino y su corpus legislativo, protocolos notariales y los fondos de la Real Audiencia, entre otros archivos, han servido a Ana Viña para concluir sus estudios.

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